Secreta Venus

 

VENUSTAS, UTILITAS…

The lyf so short, the craft so long to lerne[1].

 GEOFFREY CHAUCER

 

Diferentes civilizaciones, hablando de la belleza[2] en la arquitectura por ejemplo, han argumentado razonablemente que su esencia esta asociada a la utilidad. Pero últimamente he preferido (razonablemente) dudar. No he hallado utilidad alguna en escuchar una melodía, ver un atardecer, sentir el sabor a manzana en otros labios, palpar un muro de piedra, entrever una silueta anhelada, comprender un axioma matemático, evocar una ausencia, o recordar el rubor de una naranja. Inevitablemente, fatalmente, debe haber algo más.

La idea de utilidad o funcionalidad explica parcialmente la belleza: la función insatisfecha que nos comunica la parte (una cerradura defectuosa, un teclado incómodo, la falta de una pierna) contaminaría al todo de fealdad[3]. Como consecuencia el uso, y el tiempo que demos a ese uso, serían los medidores para apreciar la belleza. Bajo este concepto deberíamos concluir que las artes, carentes de utilidad, desconocen la belleza. Incluso la arquitectura es inútil si admitimos que nos basta con un hueco en la tierra o una tela sobre nuestras cabezas. Pero vemos una columna dórica, una inscripción en latín, un rostro familiar y no podemos evitar sentir un mensaje, un recuerdo ubicado en la nostalgia o el vislumbre de algo que quiere dirigirse hacia un ideal. En ambos casos el objeto (artificial como una pieza de teatro o natural como un eclipse) se tensiona al punto de casi llegar a algo que sospechamos que puede ser. Ese algo que no podemos expresar pero que quisiéramos decir suele ser invocado como belleza. Pero sigue siendo cierto que las cosas útiles y funcionales nos parecen naturalmente bellas. Entonces debe haber una propiedad común en los objetos utilitarios y aparentemente no utilitarios que participen de la idea de belleza, ese escurridizo y modesto abstracto.   

La utilidad, nuevamente, está determinada por la satisfacción de una necesidad, pero esto no es necesariamente cierto, no completamente. Olvidamos que satisfacer la necesidad significa satisfacer lo que hay pero que no se tiene, pero al principio la humanidad no tenía la música, ni la religión (pero si la fe), ni la escritura. Profundamente sabemos que lo que no se tiene no se necesita, se desea (deseo que para el budismo es origen del sufrimiento). Aquello que aún no existe, según Louis Kahn, es aquello que nos conduce a la expresión de la belleza que se halla en el deseo de expresar y que crea en nosotros nuevas necesidades: la montaña que veneramos no necesita de nosotros para estar, pero por el mero hecho de existir crea en nosotros la necesidad de verla pues ella justifica nuestra existencia; deseamos esa belleza que no nos requiere pero sin la cual no podríamos ya vivir. Las necesidades primarias (comer, protegerse del medio ambiente) son extensivas a todo ser vivo, las secundarias son humanas; son la diferencia entre meramente existir y vivir, existir y saber que se existe[4]. Entonces el deseo sería el origen común que otorga la idea de la belleza; debería ser algo constante y uniforme. Pero no pocas veces lo que es bello para uno no lo es para el otro, y lo que es comúnmente bello para algunos no lo es por el mismo motivo para todos. Ni siquiera en una sola persona la belleza es constante sino que cambia en razón de su tiempo. Entonces no basta que el objeto o sujeto se origine del contacto con el deseo humano, que engendra la necesidad, para ser considerado bello. Debe haber, aparte de una propiedad común en el objeto, una característica determinante en el sujeto.

Según Chomsky[5], escribir un texto (Venustas…por ejemplo) no es una forma de comunicación, la comunicación y la expresión son ideales elusivos al lenguaje. Escribimos por la sencilla razón de que necesitamos escribir. Es una necesidad de expresión personal. La necesidad que al comienzo (primaria) es común a todos los seres vivos, luego pertenece a la especie (originada en el deseo), y al final es íntima y personal. El contacto de cada uno con el objeto sentido bello es el contacto de uno consigo mismo, en este nivel es cuando menos percibimos lo que es y percibimos en cambio lo que queremos sentir, el objeto o sujeto es bello porque es una característica del yo, por eso quizá nos inspira o nos induce a amar tal objeto o tal persona. Es, como tantas cosas, un punto de vista del observador. Ver una mirada específica o un tinte específico del amanecer de una manera es ver todos los amaneceres y todas las miradas que ha habido y habrá y también es ver por primera vez un amanecer y una mirada específica que nunca ha habido ni nunca habrá, estas propiedades son afines también a los objetos o situaciones que vemos en los sueños (aunque no siempre es belleza). Borges entendía que el encuentro del sujeto con el objeto contemplado[6] en ciertas ocasiones provoca una emoción traducida en un misterio hermoso que todavía no podía ser explicado, misterio que nombramos belleza; belleza que a su vez es una confesión de algo que no comprendemos pero que tenemos fe de su existencia; belleza que al final es una evasión del idioma, una de tantas palabras para no decir incógnita. La complejidad está en descubrir la incógnita de la Belleza, esa elusiva complejidad, que posiblemente por ser natural a nuestra esencia de especie se resiste a ser catalogada por medios artificiales y recientes como son las palabras. Talvez ello explica el por qué no puedo explicar que me guste una sonrisa en especial… inevitablemente, debe haber algo más.   


[1] La vida tan breve, el arte tan largo de aprender, traducción de Chaucer sobre un escrito de Hipócrates: ars longa; vita brevis. Citado por Borges en Introducción a la Literatura Inglesa.

[2] La belleza como concepto humano; no sabemos como puede ser la belleza para otras inteligencias. Formas puras como las de la Luna, el Misti, o colores puros como los de una rosa nos parecen agradables pues los podemos percibir y evocar con facilidad, una inteligencia superior podría tener la misma facilidad para evocar la forma vedada del universo.

[3] Fealdad que puede originarse de la necesidad que sentimos de cerrar un círculo inconcluso, es decir de sentirlo incompleto; fealdad que nace de la costumbre, pues tendemos a rechazar lo no familiar y por lo tanto incomprensible. Quizá Dios, para nosotros, sería la belleza arquetípica en su perfección, pero quizá esa perfección divina (no humana) sería algo tan terriblemente letal o intolerable que “…ningún hombre puede verme y sin embargo vivir”(Éxodo 33:20) Poe a su vez, en Relato de Arthur Gordon Pym, nos sugiere poco a poco la idea de la monstruosidad (lo no familiar) en el color blanco haciéndolo, por contraste, algo totalmente ajeno a nuestro mundo humano, y en su ensayo On imaginationdiría que las materias que trabaja y combina la imaginación son la Belleza y la Deformidad (deformity).   

[4] La idea bosquejada por Heráclito (fragmentos LXXXII Y LXXXIII) sobre la belleza jerarquizada según esté en los animales, los hombres y, por último, en los dioses posiblemente configuró la teoría que Platón expuso en los diálogos Banquete y Fedro, donde principalmente el amor va descubriendo sucesivamente niveles de la belleza más elevados hasta llegar al arquetipo, a la idea de la que participan los objetos y personas que nos transmiten belleza; esta última belleza es indistinta del Bien y llega a ser una comunión con la idea de eternidad. El reverso sería la filosofía aristotélica donde el potencial va hacía la perfección y no desde. 

[5] Entrevista con Noam Chomsky, Revolución en la lingüística. editorial Salvat Barcelona, 1973.

[6]Borges solía citar a Angelus Silesius: la rosa es sin por qué y a Whistler: el arte sucede a pesar de que ambos indican la imposibilidad o indiferencia a hallar una respuesta al por qué de la belleza. Al mismo Borges estos pensamientos le parecían bellos, pero él prefería creer (alguna vez) que para la belleza es imprescindible una tenaz conspiración de porqués para que la rosa sea rosa.

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